Carlos Blanco, el niño prodigio que leía jeroglíficos a los 11 años: “He conocido a personas muy inteligentes, pero que les falta esa chispa, ese brillo”

A los 11 años, Carlos Blanco visitó el Templo de Debod, en Madrid, con un cuaderno para copiar las inscripciones jeroglíficas y tratar de traducirlas después. Había leído por su cuenta sobre el antiguo Egipto y quería aprender más. Todavía no sabía lo difíciles que eran aquellos textos, pero esa falta de experiencia le permitió acercarse a ellos sin pensar demasiado en los obstáculos.
El escritor, conocido desde niño por sus conocimientos sobre las civilizaciones y las lenguas antiguas, recuerda en el podcast La fórmula del éxito cómo aquella visita acabó abriéndole las puertas de la egiptología y, más adelante, de la televisión. Su relato también aborda lo que considera decisivo para desarrollar la curiosidad, la pasión y las ganas de hacerse preguntas.
Un cuaderno y un encuentro inesperado
Antes de interesarse por Egipto, Blanco dedicaba su atención a la zoología y a la evolución de los animales. A partir de los ocho años, las civilizaciones antiguas comenzaron a ocupar buena parte de sus lecturas. Pasaba tantas tardes en la biblioteca municipal Margarita Nelken, en Coslada, que las bibliotecarias le permitieron acceder a la sección para mayores de 15 años.
En 1997, mientras copiaba las inscripciones del templo, dos mujeres se acercaron para preguntarle qué hacía. Él les explicó su interés por la egiptología y quiso saber si se dedicaban a ella. Eran catedráticas de Fisiología Animal y Vegetal de la Universidad Complutense, y una de ellas terminó avalándolo para entrar en la Asociación Española de Egiptología.
Con 13 años leía jeroglíficos junto a Javier Sardá. Carlos Blanco
Ese otoño empezó a estudiar egipcio clásico en escritura jeroglífica. Tras obtener matrícula de honor en el examen al terminar el curso, llegaron las entrevistas: primero en un periódico local, después en medios nacionales y, finalmente, en televisión. Blanco no interpreta aquella sucesión de acontecimientos como un destino escrito. “Cuando tú tienes ciertos intereses, ciertas ambiciones y hay una pasión detrás, al final todo se va orientando en esa dirección”.
La inteligencia necesita una dirección
Al hablar de su trayectoria, reconoce que sus capacidades le facilitaron el aprendizaje, aunque considera que por sí solas no son suficientes. También influyen el entorno, los medios disponibles y las oportunidades que aparecen.
Para Blanco, tener facilidad para aprender es solo una parte del proceso. La diferencia reside también en cómo se orientan esas capacidades y en el trabajo para desarrollarlas. “Si ya tienes unas altas capacidades y una inteligencia superdotada o como la quieras llamar, pues la cuestión es ya cómo la enfoques. Esa es la clave”.
En las personas que ha conocido, distingue una inteligencia más mecánica y otra más creativa. Imagen; YouTubeEn las personas que ha conocido, distingue una inteligencia más mecánica y otra más creativa, vinculada a la inquietud y a la búsqueda constante. Lo deseable, sostiene, sería combinar ambas. “He conocido a personas muy inteligentes, pero que les falta… Es que no sé cómo sería, ¿no? Esa chispa, ese brillo”, explicaba. También ha encontrado personas cuyo conocimiento parece haber apagado las ganas de explorar otras perspectivas.
Frente a esa actitud, reivindica conservar cierta ingenuidad intelectual. “Con independencia de las capacidades que uno tenga, lo importante es encontrar algo que realmente te apasione y entregarte a ello”. Y cambiar de intereses, añadía, forma parte de ese recorrido.
El peso de querer saber más
Esa curiosidad tiene también un coste. Blanco describe la insatisfacción de una mente que se cuestiona continuamente las cosas y siempre quiere ir un poco más allá. El esfuerzo consume energía y puede provocar una sensación de incomprensión.
A quienes se reconocen en esa soledad les transmite un mensaje de esperanza: “Al final siempre acabas encontrando gente”. En su caso, cuenta que recibe mensajes de personas que se identifican con su manera de vivir esa inquietud.
Recibe mensajes de personas que se identifican con su manera de vivir esa inquietud. Imagen; YouTubeLa escritura le ha permitido compartir sus ideas, pero tampoco ha eliminado la necesidad de seguir buscando. Según explica en la conversación, ha publicado 30 libros. Al terminar uno, su atención ya se dirige hacia el siguiente. “Siempre me siento insatisfecho”.
Leer menos y leer mejor
Con el tiempo, Blanco ha logrado apaciguar esa necesidad de abarcarlo todo. “He aprendido a controlarme y ahora soy más feliz”, aseguraba. Buscar, crear y compartir conocimiento le ha dado satisfacciones, pero también ha descubierto el valor de poner límites.
Encuentra una orientación en dos máximas de la antigua Grecia: conocerse a uno mismo y evitar los excesos. Esa idea ha cambiado incluso su forma de leer. “Ahora, por ejemplo, leo menos, pero leo mejor”. La curiosidad permanece, aunque ya no le exige resolverlo todo. “Estoy más en paz conmigo mismo porque soy consciente de que hay muchas cosas que nunca sabré, muchas preguntas que nunca resolveré, muchas posibilidades que no desarrollaré”. Aceptar esos límites le permite seguir aprendiendo sin sentir que siempre le queda algo pendiente.
Fuente: www.clarin.com



